· Colores indescifrables
· El multicolorido Cubo de Rubik
· Genio y figura hasta la sepultura
+ Anexos
· David Hernández López - El metro, arco iris de la Ciudad de México (Selección) [PDF]
VI. Colores indescifrables
Hay también en el arco iris de la Ciudad de México colores indescifrables, indescriptibles, inefables
En la estación del metro San Juan de Letrán, de la línea color rosa, la número 1, hay, a todo su largo, entre las vías de los trenes, una serie de columnas rectangulares que sostienen parte de la estructura de los túneles de ida y vuelta. Entre dichas columnas, a su vez, por muchos, muchos años, habitó casi el vacío. Acaso por ahí veíamos algo de basura acumulada o algunos de los muchos roedores que habitan en los túneles del metro.
De un tiempo a la fecha las autoridades del metro montaron en esos espacios una exposición de grandes personajes de la historia y de artistas populares ligados a la música y al cine nacional y extranjero. He visto ahí bustos y fotografías de Napoleón, Churchill, Chaplin, Silvia Pinal, Santo el Enmascarado de Plata y otros muchos más...
Siempre pensé que tal exposición era modesta y hasta muy austera, pero también que era mil veces preferible a no tener nada ocupando tan magníficos espacios.
Alguna vez, ya de noche, mientras esperaba y atisbaba el arribo del tren a la estación miré de pronto un movimiento raro entre la larga fila de usuarios que también lo esperaban. Sólo unos segundos antes del arribo del tren un hombre de quien no pude ver bien su cara ni su ropa ni nada más, sobresalió de la fila al tomar gran impulso para escupir desde el andén hasta uno de los cuadros de la exposición. Alcancé a mirar su lejana cara expulsando su violenta escupitina cuya trayectoria terminó al pie de uno de los retratos… Entonces comprendí que el color de algunos hombres y los escupitajos es indescifrable…

VII. El multicolorido Cubo de Rubik
Abordé el metro en la estación Chabacano de la línea color café, la número 9, con rumbo a Pantitlán. De inmediato sentí la presencia de ondas electromagnéticas agradables en el ambiente. Se trataba de una pareja de jóvenes. Ella viajaba sentada en un asiento reservado, mientras que él lo hacía de pie. Su comunicación era asombrosa, abierta pero a la vez misteriosa e íntima. Trataba de discernir o entender ese diálogo, a la distancia, claro, a simple vista, observando detenida, pero discretamente el lenguaje corporal de los jovencitos.
Yo apostaba que se trataba de una linda parejita de novios, más que de simples amigos o compañeros de calle, escuela o trabajo... Pero su manera de interactuar me confundía y por momentos me hacía perder la apuesta. Ambos vestían de negro, entallando cada quien pantalón de mezclilla, playera negra con vivos blancos y calzaban las infaltables botas obreras color carbón…
La jovencita era encantadora. El joven parecía muy ameno y divertido. La apariencia desenfadada de ambos brillaba con sus hermosas sonrisas.
Seguía yo apostando a que en esa parejita había gato encerrado. Sin embargo, con el paso del tiempo fui concluyendo que eran sólo un par de buenos amigos, como los hay tantos en el mundo, y que no aportaban ningún color novedoso al arco iris del metro de la Ciudad de México.
Pero un poco antes de llegar a mi estación destino sucedió el milagro. Ambos sacaron de su respectiva mochila su Cubo de Rubik. Entonces las sonrisas afloraron espontáneas y enormes. Ajustó cada cual las caras de su cubo a una posición de partida e iniciaron, muy cómplices, un reto que los absorbió de manera plena y genial. Pude entonces percibir y disfrutar por unos instantes casi diminutos el aroma colorido del amor… Sin duda se amaban a través del Cubo de Rubik, con sus innumerables combinaciones y giros de colores… Pocas veces he visto en el metro de la ciudad una armonía de ojos relumbrantes, de movimientos suaves de manos diestras y sonrisas tan relucientes y francas como en aquellos jovencitos.
Tengo la convicción de que el amor más verdadero, sincero y limpio tiene colores y giros como los que en aquella ocasión vi a través del Cubo de Rubik en el metro de la Ciudad de México.
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VIII. Genio y figura hasta la sepultura
En el huracán de bajada y subida de gente al metro fue que empezó esta historia. De ese remolino de gente surgieron el viejito y el negro veracruzano.
El primero era un hombre de unos 55 años, chaparrito, moreno, de pelo ya casi completamente blanco. Vestía de manera sencilla, humilde… Parecía uno de esos viejos obreros que luego de joderse el lomo todo el día en el trabajo abordan el metro para regresar a su casa. El otro era un hombre de unos 35 años, altísimo, musculoso, negro, de pelo crespo, con un estilo de serreño o costeño veracruzano, de enormes manos trabajadoras. Vestía un poco al estilo Pepe El Toro… Al parecer también iba rumbo a su casa, con cara de haberse molido también en la pesada jornada laboral.
Desde que emergieron del remolino aquél empezaron a discutir… El viejito le reclamaba al negro por un supuesto empujón:
—¡No me empujes! ¿Qué te pasa?
El negro no le respondió ni hizo caso alguno.
El viejito continuó reclamándole al negro con tono cada vez más rudo, al tú por tú, mostrando gran gallardía… Y como suele suceder, a pesar del enojo, en lugar de alejarse el uno del otro, se perseguían como esposos, para continuar la absurda discutidera…
El negro seguía ecuánime. El viejo, cada vez más engallado, con la cresta muy alebrestada, pasó de las razones a las palabras fuertes… El tren ya había cerrado las puertas y reiniciado su marcha… Las condiciones estaban dadas para olvidarlo todo; finalmente no había sucedido nada grave, pues todo se había tratado de un roce o un empujón casi normal, inercial, de costumbre, consuetudinario, en el metro de la Ciudad de México, a una hora pico… Pero no fue así; los hombres iban parados, juntos, discutiendo, el uno ya a grito pelado, el otro con un silencio que lo ignoraba y exasperaba…
Pero meterse con la madre de otro es asumir riesgos. El viejito se metió con la madre del negro y entonces la cosa cambió de color. El silencio del otro se convirtió en un semicírculo en el aire: el puño derecho del negro, cerrado, veloz, con apariencia fulminante, hizo que todo quedara en suspenso… El tiempo se detuvo. Nadie respiró —ni yo— durante ese instante… La cara del viejito, desprotegida, blanco fácil, se veía chiquita ante el puño del negro… Pero quiso la suerte o quién sabe quién que a unos milímetros del impacto el puño del negro se detuviera…
El viejito, evidentemente, tragó litros de saliva; su rostro se entintó de amarillo: el color del terror. Prejuzgo que los niveles de glucosa se le dispararon hasta la coronilla, y es muy probable que desde entonces sea diabético, si antes no lo era ya…
El negro, esforzadamente controlado, con su rostro aún más ennegrecido, por haberse tragado toda la bilis, apenas acertó a decir:
—¡Bah!
Por pequeñísimos instantes movió repetidamente la cabeza, como reprobando miles de cosas; volvió a sujetarse del pasamanos, esta vez con notoria mayor fuerza, e hizo nuevamente caso omiso de los dichos del viejillo…
El triunfo de la fuerza avasallante no empleada y el respeto por el más débil se impusieron por nocaut… Los aplausos no rompieron el silencio por respeto y consideración humana al derrotado, claramente…
Pero hay quien eso no lo entiende y se aferra a ser genio y figura hasta la sepultura.
—¡Ah, ándale, pégale a un hombre de edad! ¡Ándale, atrévete! ¡Atrévete y llamo a la policía! —dijo el viejito al negro, con voz temblorosa y ya a medio volumen…
El tren llegó a la siguiente estación, La Merced, de la línea color rosa, la número 1.
El viejito, empecinado en mostrar cierta valentía, al bajar en esa estación, antes de que se cerraran las puertas del tren, tuvo la osadía infantil de amenazar al negro:
—Ándale, golpéame y jalo la palanca de emergencia…
Nadie le hizo caso. El tren cerró sus puertas. Los torbellinos de gente continuaron eternos.

Notas:
1 La presente selección de relatos forman parte de la serie llamada El metro, arco iris de la Ciudad de México, de David Hernández López.
20 de enero de 2012.
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